Mostrando entradas con la etiqueta SALTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SALTO. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de diciembre de 2017

LCP Cap. 68: LA DANZA DEL PUEBLO MAASAI


Al atardecer del día en que el grupo volvió de la caza del león, comenzaron las danzas de celebración por el regreso de la partida de Lengwesi. Los maasais se agruparon, los morani, y las mujeres maasais, las más jóvenes, distribuyéndose en círculo, y empezaron a moverse de forma cadenciosa, con un movimiento del tórax hacia delante y hacia atrás rítmico, que poco a poco se fue intensificando, haciendo que los pesados collares de cuentas de las muchachas golpearan sus hombros y pechos al compás de la danza. En ese momento, uno a uno, los morani, los guerreros maasai, tanto los nuevos guerreros que habían vuelto de su prueba contra la naturaleza, como los que ya llevaban años disfrutando de su vida como morani, se fueron situando en el centro.


Y es entonces cuando comienza la parte de la danza maasai que conocemos todos por las películas, los relatos de viajes y los documentales. El morani, recto, se diría que rígido como un poste de telégrafos de los de antaño, como un mástil de un barco, las manos pegadas a los costados, las rodillas juntas y un puñado de hierba fresca apretada bajo los sobacos, comienza a saltar. Primero hacia arriba, probando su capacidad para el salto, y en cuanto ha cogido confianza, para lo cual tarda muy poco, empieza a realizar unos saltos verticales alcanzando alturas inverosímiles para cualquier occidental que quisiera probar, o igualar, a dicho guerrero maasai. Estará realizando estos saltos verticales durante algún tiempo, hasta que se canse, o hasta que haya llegado a su altura máxima, o bien hasta que otro morani le desplace para mostrar él sus dotes de salto y de agilidad.


Todo este despliegue de fuerza, armonía, agilidad y precisión -pues los saltos deben ser realizados siguiendo una verticalidad absoluta- puede durar varias horas, y el baile acabará cuando todos queden exhaustos.

Así ocurrió en el enkang de Lengwesi. Se celebró con una gran danza a los supervivientes del encuentro con simba, el león. La fiesta duró hasta cerca del amanecer, y se llegó a la extenuación de todos.


De todos menos de Ikoneti. El patriarca simplemente había adoptado una actitud de observación. Le gustaba el bullicio y la alegría de los niños y de los jóvenes. Le recordaba su juventud. Disfrutaba viendo como reían, se hacían bromas, se perseguían; de los jóvenes lo que le gustaba era la apostura, la gallardía, el orgullo que sentían al verse ya como guerreros maasai. Como cuando él lo había sido. Pero aquel tiempo quedaba ya lejano. Sabía que el tiempo se acababa y que una nueva era estaba a punto de llegar.
Justo, cuando empezaba a despuntar el sol en el horizonte, un muchacho se le acerco y se sentó a su lado.

-Se ha pasado bien la noche, ¿Verdad, padre? -Era Lengwesi, que tras haber descansado unos momentos tumbado junto a sus compañeros, volvía a su lado.

-¿Por qué lo dices?

-Toda la gente de fiesta, alegre, bailando hasta casi el amanecer.

-Sí, siempre es bueno ver a la gente contenta. -fue la respuesta de su padre.

-Padre. He visto a Makutule.

-¿Y?

-Me salvó de morir en las garras del león.

Ikoneti se volvió hacia Lengwesi. Su mirada expresaba una profunda tristeza, al mismo tiempo que intentaba, con todas sus fuerzas, evitar que la humedad que le bañaba en esos momentos sus ojos no saliera al exterior.

-¿Cómo fue? -acertó a preguntar, manteniendo la seriedad en su rostro.

-Había matado al primer león, cuando en ese momento se abalanzó sobre mí un segundo león que nos pilló a todos completamente desprevenidos. No pensábamos que lo hubiera. Conforme saltaba el león, una lanza cruzó el aire y le traspasó el corazón. No sabíamos quien había sido. Hasta que apareció Makutule.

Ikoneti miró al horizonte. El sol empezaba a verse en su primer cuarto, como un plato de loza.

-Un buen hermano. -hizo una pausa para continuar- Un buen hermano y un buen hijo. Siempre lo fue y siempre lo será. -y volviendo su rostro hacia Lengwesi le dijo- Al igual que tú, Lengwesi, al igual que tú.


domingo, 14 de agosto de 2016

LCP XXXI: EL UKULI BULA (2ª parte)

Hombres de la tribu Hamer preparándose para el Ukuli-Bula

Queridos amigos de La Cultura de los Pueblos. Nos quedábamos en la entrada pasada justo en el momento en que el grupo de maz habían realizado la flagelación ritual de las hermanas del ukuli, del aspirante a maz, del aspirante a ascender al estatus de adulto dentro de la tribu Hamer. Y por mucho que esta acción fuera ritual, vimos que los latigazos eran reales y que las heridas eran reales, por lo que las mujeres Hamer demostraban un auténtico valor al, no solo prestarse, sino animar a los maz a realizar dicho ritual. Pero ahora comenzaba el turno del ukuli.

Ukuli con la piel de oveja
En un primer momento, todo el grupo de maz se reunirá en torno al ukuli, y procederán a desvestirlo, dejándolo como Dios lo trajo al mundo, sin ningún tipo de ropa. Después le colgarán una piel de oveja que le cubrirá, a modo de mandil, la parte anterior del cuerpo.

Una vez hecho esto, el ukuli se sienta sobre una piel de buey extendida sobre el suelo, frente a él estará un maz que es elegido previamente, y ambos estarán rodeados por el resto de los hombres, que asegurarán el secreto de la ceremonia. En ese momento, el maz instruirá al ukuli e intercambiarán objetos: un haz de 8 látigos, 7 brazaletes de metal y 1 de madera, y otro tipo de utensilios. Al final de la instrucción el maz pintará, embadurnará, todo el cuerpo del ukuli de carbón.

Ha llegado el momento culminante en que el ukuli debe demostrar su valía. Los hombres, los maz, forman una fila y se dirigen a las reses que están preparadas para el rito del salto. Las colocan apiñándolas unas al lado de las otras, formando una fila. Normalmente solía haber ocho animales, actualmente suelen ser tan sólo cuatro o cinco. La primera es una vaca, que recibe el nombre de uongo garro. Después de ella, el resto son bueyes. Pues bien, el ukuli se coloca en el extremo de la fila de reses en que se encuentra la vaca. Está totalmente desnudo, pues se le ha quitado el mandil de piel de oveja. Sólo está cubierto por el carbón con que le ha embadurnado su padrino, su maz. Ahora él es el protagonista. Debe saltar, apoyando en primer lugar el pie en el lomo de la vaca, la fila de bueyes que tiene frente a él. Puede ir pisando los lomos de los bueyes, pero no tiene que caerse entre ellos. Tiene que recorrerlos sin escurrirse. Los saltos se repetirán hasta que el ukuli consiga su objetivo. Hasta que el ukuli consiga saltar todos los bueyes.
Ukuli iniciando la carrera para realizar el salto del toro. 
Ukuli realizando el salto del toro, con los maz sujetando a las reses.

Una vez que esto se ha producido, los asistentes forman filas compactas y avanzan rítmicamente con cánticos, celebrando la hazaña del ukuli. Celebrando que el ukuli ha pasado la ceremonia del "salto del toro". Celebrando que ya se ha iniciado a la etapa adulta. Que ya ha entrado a formar parte de los hombres del poblado. Ya pueden regresar a sus casas. La ceremonia ha acabado.

La ceremonia ha acabado. Ha acabado para todos, menos para el ukuli. En realidad, el ukuli solo ha pasado al estado de Cherkali. Debe pasar 4 días embadurnado de hollín, del carbón con que le ha pintado su padrino, su maz. Y después de esos 4 días, debe pasar otros 4 días embadurnado de mantequilla. Al acabar ese periodo de 8 días es cuando sí, realmente, se le puede llamar ya maz. Es cuando sí, realmente, ha pasado al estatus de adulto dentro de la tribu Hamer. Es cuando ha terminado su periodo de iniciación y comienza su etapa de madurez.
Silueta de Ukuli recortada en el atardecer africano del río Omo

Pero nadie ha dicho que el periodo de madurez sea más sencillo que el anterior. Posiblemente la familia ya le tiene escogida esposa, mujer, y el recién estrenado maz se tiene que enfrentar a la primera decisión importante de su vida: aceptar o no a la mujer que le tiene preparada su familia. Si la acepta, formará una familia. Si la rechaza, la familia comenzará a buscarle otra muchacha. Y mientras tanto, el maz disfrutará de la vida en soltería junto a otros maz que estén en su misma situación. Sencillo, ¿no? Casi idílico para el maz ¿no? Alguna pega tenía que tener esta libertad. Durante este periodo de libertad de cargas familiares, el maz solamente le está permitido comer carne, miel y leche, y beber café y agua. Una dieta estricta para que el muchacho maz no se acostumbre demasiado a la soltería. ¿No creen?

Dejaremos a nuestro recién estrenado maz que disfrute de su nuevo estatus y nosotros volveremos a encontrarnos en la red en la próxima entrada. Hasta entonces, un abrazo.