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lunes, 12 de junio de 2017

LCP Cap. 61: EL EMORATA. LA CIRCUNCISIÓN MAASAI (II). EL LAIYOK.


Ikoneti, como buen maasai, respetuoso de las tradiciones, ya tenía todo preparado para el Emorata de Lengwesi. Ya había comprado el toro que necesitaba para la celebración. De la misma manera, había dispuesto miel en cantidad suficiente, mezclada con agua y unas determinadas raíces, en varias calabazas junto al fuego de la boma, en las últimas dos semanas, para proceder a su fermentación. De esta forma había obtenido la cerveza con que iba a agasajar a los familiares y amistades que acudieran al Emorata. Cuando faltaran dos o tres días, lo filtraría y lo dispondría en calabazas más pequeñas, para que su distribución fuera más fácil.


Lengwesi había cumplido con su tarea. Había recolectado las suficientes plumas de avestruz. Éso le permitiría que el periodo de aislamiento tras el Emorata se limitara únicamente al necesario para la cura y cicatrización del corte que se le iba a realizar cuando se le extirpara el prepucio. Las plumas del avestruz las necesitaba para la corona con la que se decoraban la cabeza los jóvenes recién circuncidados.

Otros aspirantes a morani debían esperar cazando pájaros, una vez que se habían curado, y usando las plumas de dichas aves para su tocado, lo cual hacía que su periodo de aislamiento se alargara meses. Por otro lado, aquellos que gritaban o lloraban durante la circuncisión debían lucir un tocado en la cabeza de plumas grises, no de colores, como lucía el resto, los que sí se habían aguantado las ganas; los que sí se habían comportado como valientes morani.

Muchacho maasai neocircuncidado con tocado de plumas de avestruz.

Ikoneti, al pedir a Lengwesi que recogiera las plumas de avestruz, blancas, contaba con ello. Conocía de sobra la valentía de su hijo y sabía que no gritaría ni lloraría.

Esa mañana, un alboroto que llenaba de gritos, cánticos y llamadas todo el enkang, despertó a Lengwesi. Era el día previo al Emorata, y de pronto se abrió la cortina de la choza donde Lengwesi estaba durmiendo.

-¡Lengwesi! ¡Sal! ¡Qué empieza el Laiyok!

El Laiyok era el rito de purificación previo al Emorata y que se realizaba el día anterior. Comenzaba temprano por la mañana. El grupo de los muchachos que iban a ser circuncidados se dirigía al arroyo más cercano para lavarse.

-¡Qué no se te olvide la calabaza! -volvió a atronar la voz en el interior de la choza.

-Vamos Lengwesi, levántate. -esta vez era su madre quién le conminaba a levantarse- Si no, tu tío nos va a dejar sordos.

Lengwesi se desperezó, cogió la calabaza y salió al exterior de la choza, donde le esperaba su tío. Éste, al verle, le introdujo en el grupo de los que iban a ser circuncidados y continuaron llamando a los que quedaban por despertar.

Una vez estuvieron todos, iniciaron el camino hacia el arroyo que, naciendo de las montañas cercanas, discurría rápido en su primer tramo para luego, al llegar al llano, enlentecer su camino provocando una zona pantanosa. Ellos se dirigían al tramo alto, allí donde las aguas corrían libres y rápidas.

-Escogió muy bien tu padre el nuevo asentamiento. -el tío de Lengwesi siempre había estado unido a la familia de Ikoneti.

-Sí, tío. Fue un acierto. Sobre todo la fuente de agua tan cercana.

-¿Te has entrenado para mañana? -los muchachos maasai que van a ser circuncidados suelen practicar con los compañeros, pellizcándose fuertemente la piel del prepucio, intentando aguantar todo lo posible sin pestañear.

-Sí, tío. -fue la respuesta de Lengwesi.

-Me alegro. Y me alegro que seas un varón. -dijo entonces su tío.

-¿Por qué? -preguntó Lengwesi extrañado.


Pero ese porqué que Lengwesi le pregunta tan extrañado a su tío, lo encontraremos en la próxima entrega de LA CULTURA DE LOS PUEBLOS.

Hasta ese momento, queridos amigos, nos vemos en la red.