lunes, 4 de diciembre de 2017

LCP Cap. 68: LA DANZA DEL PUEBLO MAASAI


Al atardecer del día en que el grupo volvió de la caza del león, comenzaron las danzas de celebración por el regreso de la partida de Lengwesi. Los maasais se agruparon, los morani, y las mujeres maasais, las más jóvenes, distribuyéndose en círculo, y empezaron a moverse de forma cadenciosa, con un movimiento del tórax hacia delante y hacia atrás rítmico, que poco a poco se fue intensificando, haciendo que los pesados collares de cuentas de las muchachas golpearan sus hombros y pechos al compás de la danza. En ese momento, uno a uno, los morani, los guerreros maasai, tanto los nuevos guerreros que habían vuelto de su prueba contra la naturaleza, como los que ya llevaban años disfrutando de su vida como morani, se fueron situando en el centro.


Y es entonces cuando comienza la parte de la danza maasai que conocemos todos por las películas, los relatos de viajes y los documentales. El morani, recto, se diría que rígido como un poste de telégrafos de los de antaño, como un mástil de un barco, las manos pegadas a los costados, las rodillas juntas y un puñado de hierba fresca apretada bajo los sobacos, comienza a saltar. Primero hacia arriba, probando su capacidad para el salto, y en cuanto ha cogido confianza, para lo cual tarda muy poco, empieza a realizar unos saltos verticales alcanzando alturas inverosímiles para cualquier occidental que quisiera probar, o igualar, a dicho guerrero maasai. Estará realizando estos saltos verticales durante algún tiempo, hasta que se canse, o hasta que haya llegado a su altura máxima, o bien hasta que otro morani le desplace para mostrar él sus dotes de salto y de agilidad.


Todo este despliegue de fuerza, armonía, agilidad y precisión -pues los saltos deben ser realizados siguiendo una verticalidad absoluta- puede durar varias horas, y el baile acabará cuando todos queden exhaustos.

Así ocurrió en el enkang de Lengwesi. Se celebró con una gran danza a los supervivientes del encuentro con simba, el león. La fiesta duró hasta cerca del amanecer, y se llegó a la extenuación de todos.


De todos menos de Ikoneti. El patriarca simplemente había adoptado una actitud de observación. Le gustaba el bullicio y la alegría de los niños y de los jóvenes. Le recordaba su juventud. Disfrutaba viendo como reían, se hacían bromas, se perseguían; de los jóvenes lo que le gustaba era la apostura, la gallardía, el orgullo que sentían al verse ya como guerreros maasai. Como cuando él lo había sido. Pero aquel tiempo quedaba ya lejano. Sabía que el tiempo se acababa y que una nueva era estaba a punto de llegar.
Justo, cuando empezaba a despuntar el sol en el horizonte, un muchacho se le acerco y se sentó a su lado.

-Se ha pasado bien la noche, ¿Verdad, padre? -Era Lengwesi, que tras haber descansado unos momentos tumbado junto a sus compañeros, volvía a su lado.

-¿Por qué lo dices?

-Toda la gente de fiesta, alegre, bailando hasta casi el amanecer.

-Sí, siempre es bueno ver a la gente contenta. -fue la respuesta de su padre.

-Padre. He visto a Makutule.

-¿Y?

-Me salvó de morir en las garras del león.

Ikoneti se volvió hacia Lengwesi. Su mirada expresaba una profunda tristeza, al mismo tiempo que intentaba, con todas sus fuerzas, evitar que la humedad que le bañaba en esos momentos sus ojos no saliera al exterior.

-¿Cómo fue? -acertó a preguntar, manteniendo la seriedad en su rostro.

-Había matado al primer león, cuando en ese momento se abalanzó sobre mí un segundo león que nos pilló a todos completamente desprevenidos. No pensábamos que lo hubiera. Conforme saltaba el león, una lanza cruzó el aire y le traspasó el corazón. No sabíamos quien había sido. Hasta que apareció Makutule.

Ikoneti miró al horizonte. El sol empezaba a verse en su primer cuarto, como un plato de loza.

-Un buen hermano. -hizo una pausa para continuar- Un buen hermano y un buen hijo. Siempre lo fue y siempre lo será. -y volviendo su rostro hacia Lengwesi le dijo- Al igual que tú, Lengwesi, al igual que tú.


lunes, 27 de noviembre de 2017

LCP Cap. 67: EL REGRESO DE LOS GUERREROS MORANI


Lengwesi volvió a su aldea donde le esperaban todos sus habitantes. El regreso del grupo de nuevos morani se vive en los enkang maasais de forma muy festiva y, al mismo tiempo, con gran sosiego y tranquilidad para aquellas familias que ven volver a sus hijos, así como tristeza y congoja en aquellas otras que saben que alguno de sus miembros ha perdido la vida en el encuentro con el gran rey de la sabana, con simba, el león.


Pero, ¿cómo es posible que la familia sepa, antes de que lleguen los morani, que su familiar ha fallecido? ¿Cómo es posible que los maasais sepan, no actualmente que existen los móviles, sino antes, cuando eran ellos solos, sin tecnología superior a la madera o al metal, metal que por otro lado era considerado impuro, cómo era posible que supieran, antes de que llegarán los morani, si alguno de ellos había muerto en el lance de caza?


Pues bien. Los maasais se guiaban por algo mucho más sencillo que las ondas electromagnéticas de nuestros móviles. Los maasais usaban algo que al ser humano del primer mundo, de nuestras abarrotadas ciudades, algo que a usted y a mí se nos está atrofiando. Utilizaban sus sentidos. Y dentro de sus sentidos el que, quizá, más importante ha sido para el ser humano, desde antes de descender de la copa de los árboles. La vista.


Si la partida de caza ha tenido éxito, un éxito completo, total, los morani se acercarán al poblado maasai portando la cabeza y la piel del león. La cabeza sobre una lanza, enarbolándola como si se tratara de una enseña. La piel la portará otro morani, otro de los guerreros maasai que haya protagonizado el episodio de la lucha contra la fiera salvaje. Pero una de las señales más importantes que suele ver con ansiedad el vigía que observa la llegada del grupo de nuevos morani es la forma en que se acercan al enkang.


Si el grupo de jóvenes guerreros se acercan al poblado en línea recta, en fila india, una sonrisa se dibujará en la faz del vigía que les está observando desde lejos. El grupo ha salido no solamente exitoso, sino que, además, no ha sufrido ninguna baja. Pero, sin embargo, si la faz del vigía se entristece al ver llegar al grupo, es porque estos se acercan haciendo una maniobra de zig-zag, como si se tratara de un destacamento militar durante unos ejercicios de instrucción, o en una avanzadilla. Esta manera de acercarse al enkang les señala la mala noticia. Podrán haber vencido al gran rey de la sabana, a su gran competidor, a su gran enemigo, a aquel que les roba de cuando en cuando alguna res. Pero en el trance de la lucha con simba, con el león, han perdido a uno, o a varios, de sus queridos muchachos, de sus jóvenes guerreros, de sus nuevos morani.


Eso es lo que ocurrió con la partida de Lengwesi cuando llegó al enkang. Fueron recibidos con gran júbilo. ¡Habían vencido a su gran enemigo! ¡Al león! Pero el rey se había cobrado su tributo. Y dos de los jóvenes de la partida habían quedado tendidos en la tierra de la sabana, en la lucha contra la fiera. Ello hizo que la celebración no fuera tan intensa como en un primer momento se había pensado. Las familias de aquellos que habían fallecido en el combate rompieron a llorar, y prepararon los duelos, mientras el resto del poblado se dispuso a celebrar esa noche el triunfo del hombre sobre la naturaleza salvaje, sobre el gran representante de ésta, el rey de la misma, simba, el león. 


sábado, 18 de noviembre de 2017

LA FIRMA MÁS BELLA

Portada del libro de la presentación

Esta vez la entrada está escrita a pecho descubierto. ¿A qué me refiero? A que lo hago sin guión previo, sin planificación, sin preparación alguna. Solamente a partir de los sentimientos, pensamientos y reflexiones que surgieron de la presentación que se realizó ayer de mi último libro publicado: "MI SUEÑO ES ÁFRICA".

Manuela Bravo, la dueña de la Librería Bravo, rodeada de los dos autores, Jesús Gallego y Cruz Gómez-Valades

En primer lugar, quiero agradecer a todas las personas que se acercaron a la Librería Bravo para poder escuchar sobre lo que iba mi libro. ¡Y más importante! Para comprarlo. No porque con esas humildes adquisiciones yo me vaya a hacer de oro. ¡Qué va! Estoy seguro que lo que redunde en mi beneficio me lo habré gastado, con creces, la próxima vez que tenga que llenar el depósito de mi automóvil.

El autor con una de sus familiares





Mi familia, mi mujer y mi hija, mis suegros y mis cuñados. Me han acompañado en las dos presentaciones. Han comprado los dos libros. Y he de decir que han sido lo suficientemente críticos con ellos, sin llegar a la "maldad" que se les atribuye a la familia política. Espero que este segundo les guste más, si cabe, que el primero, pues es muy distinto.

Colegas de letras













Mi editora, y una colega mía, y sin embargo amiga, que me dijo que no se lo iba a perder y, efectivamente, no se lo perdió. Mi editora con sus locuras, sigue pensando que este segundo libro es un cuento, una fábula. No, querida Lury. Este libro no se escribió nunca como una fábula. Por eso dije en la presentación del libro que el final me costó que fuera tal como es. Pero me alegra un montón que te guste. Y mi amiga María, ¡me gustará tanto que disfrutes con él! Así lo espero.




Mis compañeras de trabajo, amigas, y con las que he compartido alegrías y desdichas del lugar dónde pasamos muchas horas de nuestras vidas. Patricia y Fe, Fe y Patricia, que tanto monta, monta tanto. Porque, aunque nuestros puestos de trabajo son diferentes, nuestras personas, que es lo que realmente importa, hacen que entre nosotros exista una amistad serena, enraizada y estable. El marido de Fe, al que sólo conozco de la anterior presentación, pero nos caímos bien con los primeros cruces de palabras, como suele ocurrir entre los hombres de bien. Y eso no es fácil hoy en día. Y las amigas de Fe. Siempre es agradable que alguien que no te conoce directamente te estime y te valore, y eso lo ves en ellas.

Compañeros de trabajo


No pueden olvidárseme aquellos que recorrieron más de 70 km para
El autor con Gema
ver mi presentación. Es una pareja estupenda, Gema y Valentín. Y tanto uno como otro están prestos a darme ideas para el desarrollo e interpretación de los personajes. Sus críticas me sirven siempre de contrapeso y siempre se puede sacar algo suculento de ellas. En el campo personal, creo que dice bastante el que se pegaran la "panzada" de viaje sólo para escuchar lo que yo podía decir de mi nuevo, no tanto, libro.



A todos ellos les deseo que disfruten con este pequeño libro de menos de 200 páginas, en donde se describen los momentos más cruciales, quizá, de la vida de una persona. Cuando llega el día en que la persona debe tomar la decisión de adonde quiere dirigir su vida. Y si quiere dirigirla él o dejar que la dirijan.




Pero si hay alguien que ha hecho especial esta firma, esta presentación de "MI SUEÑO ES ÁFRICA" en la Librería Bravo, ha sido una pequeña muchacha. Una niña de preciosos ojos azules, que cuando la ví, brotaban de ellos pequeños diamantes líquidos.
Yo ya estaba fuera, con los míos, preparándonos para marcharnos, cuando me llamaron.
-¡Jesús! ¡Por favor! ¡Qué queda aún una firma!
Por supuesto, volví a la librería. Había tiempo de sobra, y si alguien más quería mi firma, no iba a negársela. Pero cuando entre en el local, la escena que vi me llenó de ternura y de emoción.
La hija de la representante de la otra autora que presentaba conmigo el libro, que se llamaba Alejandra como después supe, estaba sollozando porque se había ido el autor sin firmarle el libro que deseaba tener para leer.
-No te preocupes, ahora mismo. ¿Cómo te llamas? -y ahí es cuando me dijo su nombre.
Y en ese momento me surgió la dedicatoria más bella de toda la noche. Esa dedicatoria queda entre ella y yo, y a quién ella la quiera enseñar.
Si con las vueltas que da internet, querida Alejandra, llegases a leer esta entrada, te digo:
-Gracias por poder firmarte aquel primer libro que escribí con 19 años. Ha sido todo un placer.

Queridos amigos, nos vemos en la red.

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA INSPIRACIÓN o EL PORQUÉ HA PASADO TANTO TIEMPO

Las tentaciones de san Antonio. 1540, óleo sobre tabla. Pieter Coeckle Van Aelst


Cuando un blog lleva tanto tiempo parado como lleva éste suele ser debido a malas noticias. O bien el autor está enfermo, o bien el blog se ha cerrado, o simplemente el autor ha perdido la inspiración necesaria para seguir escribiendo las historias que correspondían al mismo.

No es mi caso. Mi caso es que no se daban las condiciones necesarias para que se pudiera seguir construyendo la historia que quería llevar a cabo. No tanto porque la inspiración no surgiera del mismo, no era eso. Suelo estar de acuerdo con lo que decía Picasso a un periodista cuando le preguntaba un día en una entrevista:

-Sr. Picasso, maestro. ¿Existe la inspiración?

Cuentan que cuando oyó la pregunta, Picasso sonrió socarronamente, pues ya tenía sus años, ya había vivido lo suficiente, y ya se habían mezclado en él el sentimiento andaluz de su nacimiento, el sentido catalán que adquirió en su estancia por aquellas tierras, y la luz del París que disfrutó a principios de siglo. Bueno, a lo que iba. A tamaña pregunta, la respuesta del genio de la pintura del s. XX fue muy sencilla.

-Claro que existe la inspiración. ¡Pero te tiene que pillar trabajando!

Y en todo este tiempo no he tenido ni un sólo momento para poderme poner seriamente sobre el teclado para poder hilvanar las historias que voy contando. Tanto las historias de los Maasais, como las de mi hija, que ya va camino de diez meses y me he saltado los nueve meses sin contar todos los avances que supusieron los nueve, tanto en el campo de la motricidad, como en el de la psicología, cognición e inteligencia y emotividad.

Quizá de ahora en adelante pueda conseguirlo y seguir escribiendo de forma más regular. Creo que aquellos que, me consta, seguían la historia de Lengwesi y Makutule, los dos niños, ya muchachos, maasais se merecen saber el final de la misma. He de decir que en algún momento me vi tentado de acabarla y pasar a una descripción somera de las tradiciones que nos quedan por vivir en el pueblo Maasai. Pero trataremos de seguir en la misma linea.

Por el momento, anunciar que ya está preparada la siguiente entrada de dicha historia y que saldrá en breve. Y que posiblemente, además de LA CULTURA DE LOS PUEBLOS, iniciaremos otra serie de relatos referidos a otros campos distintos, pero que seguirán teniendo como común denominador el título de dicho blog: culturayserenidad.blogspot.com.es. Y entre medias, puede ser que se reinicie o se retome, quién sabe la escritura de un nuevo libro. Todo ello, como decían antiguamente, si Dios quiere.

Escrito en el año de Nuestro Señor de 2017, a 11 de noviembre, en la festividad de San Martín

La Piedad. 1450, óleo sobre tabla. Roger Van Der Weyden

domingo, 3 de septiembre de 2017

CUANDO EL SEGUNDO ES EL PRIMERO



Pues por fin ocurrió. Lo voy a narrar como si fuera un cuento.

Hace mucho, mucho tiempo -han pasado un montón de vidas de por medio- un joven ilusionado con su porvenir, se le ocurrió poner sobre el papel una historia a partir de una escena propia que vivió durante su segundo curso de carrera universitaria. Por supuesto, a partir de ese escena, todo lo demás era inventado.

Inventó los protagonistas, inventó los personajes que los rodean, las relaciones entre los mismos, las situaciones que viven y el final también lo inventó. Pero, si reflexiono un poco, no es verdad que ese muchacho los inventara. Fueron ellos, los personajes, los que fueron cobrando vida poco a poco.

El joven les dio el soplo vital necesario para que fueran surgiendo sus deseos, sus motivaciones, la forma en que iban actuando y las decisiones que iban tomando. Todos ellos empezaron a actuar independientemente. Y cuando el joven escritor quiso darse cuenta, los personajes se habían adueñado de la historia, la habían hecho suya, y decidían el final de la misma.

Y así surgió una novela. La primera novela que yo escribí. Y que quedó guardada en el cajón de una mesa, en espera de encontrar alguien que se decidiera a editarla. Y ahora, después de pasar muchas primaveras -pues se escribió en una primavera-, gracias a una editora -Ana María, conocida en los círculos literarios como Lury- y a una editorial -Tempus Fugit-, ha visto la luz. Ya está en digital, y se prevee que saldrá en papel para octubre.

La segunda maravilla de esta historia que ahora os presento es que fue escrita hace la friolera -aunque más arriba no lo he dicho, ahora sí lo desvelo- de 30 años. Y no he variado una coma de ella, salvo lo que la corrección de la editorial haya pulido. Por lo tanto, es un auténtico viaje en el tiempo, al autor que era yo hace 30 años.

Por todo ello, os invito a todos a disfrutar con estas páginas en las que la ilusión campa por todos los rincones de la obra. Se me olvidaba deciros su título. Como os habréis imaginado algunos de vosotros es éste:

MI SUEÑO ES ÁFRICA


miércoles, 2 de agosto de 2017

LCP Cap. 66: LA ÚLTIMA PRUEBA DEL EMORATA (VII).


-¿Tienes todo preparado? -preguntó Ikoneti a Lengwesi.

-Sí, padre. -respondió Lengwesi, que iba a bajar la cabeza ante su padre en señal de respeto.

-¡No, Lengwesi! -le paró su padre, indicándole con la mano que subiera la cabeza- Recuerda. Ya eres un morani. Ya no debes respeto a nadie. Te lo deben a ti.

-Pero usted es mi padre. -replicó Lengwesi.

-¡A nadie! -dijo Ikoneti con rotundidad- Ni siquiera a tu padre. -y tras un instante de tenso silencio, continuó- Y más después de lo que vas a hacer.

-Todos los guerreros Maasai lo han hecho.

-No por eso es menos meritorio. Y no todos lo han hecho. Muchos han muerto en el intento.

-Te prometo que yo no moriré. -afirmó Lengwesi con decisión.

-No pretendas conocer lo que Ngai (Dios) te tiene preparado.

Lengwesi se quedó parado. No conocía que Ikoneti hubiera perdido a ningún hijo a manos de Simba, el león. Ésta era la prueba, la última que tenía que pasar para ser consagrado como guerrero Maasai. Enfrentarse al león, armado únicamente con su lanza y su machete, matarlo, cortarle la melena, para luego enarbolarla como señal de victoria en las danzas festivas a la vuelta de la expedición en la que se disponía a partir junto a sus compañeros de circuncisión.

-No, padre. No pretendo molestar a Ngai. Muy al contrario. Sé que me ayudará. -dijo Lengwesi al cabo de unos segundos.

-Nadie sabe los dictados de Ngai. -sentenció Ikoneti, y añadió- Sólo pretendo que vayas con mucho cuidado. Y no te confíes.

Esto último se lo dijo poniéndole las manos en los hombros, en señal de cariño. Era un acercamiento al que Lengwesi no estaba acostumbrado. Ikoneti se había saltado su seriedad, su distanciamiento, su severidad; y había realizado un gesto paternal. Más raro aún, pues lo estaba haciendo en la puerta de la choza, delante de toda la comunidad. Lengwesi no supo que hacer. Se sintió azorado. Sólo acertó a realizar una afirmación con la cabeza. Dio la conversación por acabada, se despidió de su padre y del resto de su familia y se unió al grupo, que partió en busca de Simba, el león, el rey de los animales.


Tuvo que alejarse bastante de su enkang el grupo de morani para encontrar a su presa. Ikoneti había escogido el lugar de asentamiento tan bien y tan alejado de las fieras, que necesitaron tres días con sus tres noches para llegar a una zona donde encontrar por fin el rastro de la fiera. Primero empezaron a notar los olores que desprendían los orines del león, dejados como signo de su dominio del territorio; después descubrieron aquí y allá deyecciones del animal; más tarde los restos de las presas que había cazado y de las que había dado buena cuenta; y, por fin, las huellas que confirmaban su presencia.

Siguieron las huellas metódica y cuidadosamente hasta llegar a una zona arbustiva donde había restos de presas junto con bastantes huellas. Al examinarlas, decidieron que eran todas de un solo ejemplar. Además, el ejemplar debía tener algún defecto físico o algún daño, pues los restos de las presas indicaban que se trataba de individuos de pequeño tamaño, no de grandes herbívoros. Por tanto, debían prepararse para el enfrentamiento contra un león que se encontraba sólo y enfermo. Ahora sólo quedaba saber si, como se podía presumir por la experiencia acumulada en la cultura Maasai a través del tiempo, se trataba de un macho.

Establecieron puestos de vigilancia y el león no apareció. Sabían que podría tardar mucho, por lo que hicieron turnos durante la noche. Nada. Esperaron todo el día siguiente, pero la fiera no daba la cara. ¿Y si les había olido y se había marchado? No sería la primera vez. Decidieron aguantar una noche más. Si la fiera tenía aquí su cubil, ¿por qué no aparecía? Al día siguiente, el tercero, empezaron a pensar en marcharse. Total, podían probar suerte en campo abierto. Dar una batida, como les habían contado sus abuelos, y encontrar un macho. Más arriesgado para su seguridad, pero más seguro para encontrar al rey de los animales. Y estos pensamientos les cruzaban por su mente cuando apareció.


Se trataba de un ejemplar majestuoso. Poseía una melena grande, rubia, redondeada, que le llegaba hasta el pecho. Le hacía parecer al sol en su cenit. Salió de unos matorrales. Traía en sus fauces una gallina de Guinea. Al principio se le veía un animal soberbio, sin ninguna tara. Sin embargo, al andar se pudo observar que arrastraba el cuarto trasero derecho. De vez en cuando lo apoyaba y daba un saltito, lo que le permitiría posiblemente dar caza a piezas pequeñas y sobrevivir. Pero el magnífico animal estaba tarado.

El león se dirigió a su cobijo de la zona arbustiva, ignorante de lo que se avecinaba. Lengwesi miró a los compañeros que tenía a su derecha e izquierda. Todos asintieron y a la de una, saltaron con las lanzas y machetes, gritando, sobre el león. Éste, sorprendido, soltó la presa y se revolvió. De un zarpazo, lanzó a uno de los maasai a cinco metros de distancia, con la cavidad abdominal abierta. Otro, que fue a clavarle una lanza en el cuello, al volver la cabeza la fiera, desvió el arma. El maasai elevó su machete al aire, pero no le dio tiempo a más, pues el león saltó sobre él, le derribó y le rompió el cráneo, oyéndose un horrendo crujido, de un mordisco.

Lengwesi elevó su lanza lo más alto que le permitían sus brazos y la hundió en el pecho de la fiera, traspasándola. La fiera lanzó un rugido tremendo al sentir el lanzazo mientras elevaba la cabeza. Tuvo tiempo aún de revolverse, encarar a Lengwesi, que ya se había preparado para el ataque con el machete, y se derrumbó en el suelo, muerta. Los maasai lanzaron un grito de júbilo, Lengwesi relajó los músculos, cuando, súbitamente, de la espesura detrás de Lengwesi surgió un león joven saltando sobre él. Al mismo tiempo, una lanza cruzaba el aire, ensartando al segundo león por el tórax y hacía que cayera, fulminado, a los pies de Lengwesi, que en este caso, ni siquiera había podido tener tiempo para volverse.


Una vez que recuperó el aliento, Lengwesi preguntó:

-¿Quién ha sido mi salvador?

Nadie contestó.

-Alguien tenéis que haberlo hecho.

-Ninguno de nosotros hemos tirado la lanza. Tenemos nuestras lanzas aún en nuestras manos.

Y era verdad, sus compañeros se las mostraron.

-¿Entonces? -preguntó Lengwesi.

Alguien que salió de la espesura en ese momento, se dirigió a Lengwesi.

-Bueno, hermano, creo que la cabellera entera del segundo será para mí. Te parece justo, ¿no?

-¿Makutule? -preguntó Lengwesi asombrado.

-Sí, hermano.

-¿Has sido tú?

-La verdad es que sí, pero con mucha suerte y ayuda de Ngai. La próxima vez, comprobad bien las huellas.

-Lo haremos, hermano, lo haremos.


miércoles, 26 de julio de 2017

LCP Cap. 65: EL PERIODO DE AISLAMIENTO EN LA CIRCUNCISIÓN MAASAI (VI)


Lengwesi despertó la mañana siguiente. La noche había sido agitada. Había tenido un sueño muy raro. En el sueño se habían mezclado todos los acontecimientos de los últimos días. La búsqueda del árbol "alatím", la conversación con su tío, el baño ritual, el agua del hacha, el rapado de cabeza y cuerpo, las sandalias, plantar el "alatím", y por fin, la ceremonia de la circuncisión. Pero todo estaba mezclado de forma abigarrada y sin sentido. Tan pronto era mujer como hombre. Tan pronto le circuncidaba su padre, su tío, como era él el que circuncidaba a ambos. Su madre lloraba casi siempre que salía en el sueño. Algo muy curioso, porque Lengwesi nunca la había visto llorar.

Poco a poco, conforme fue despertándose, fue dándose cuenta del dolor que comenzaba a sentir en su miembro viril. Éste se hallaba erecto y, aunque no sangraba ni supuraba, la zona de corte lucía un rojo intenso. Lengwesi dejó atrás el sueño y sacudiendo la cabeza salió al exterior. Sabía lo que le correspondía ahora. Unirse al grupo de recién circuncidados, aislarse en una choza preparada para ello y vivir a base de la caza de pájaros, mientras se recuperaban de la herida de la circuncisión.

Durante este tiempo de aislamiento, los recién circuncidados se visten con pieles animales que se han teñido de negro usando aceite y carbón de leña. En todo el tiempo del aislamiento dejan crecer su pelo. Las plumas de los pájaros las usarán para decorar una especie de tocado en la cabeza que llevarán al acabar su aislamiento, momento en el que también se pintan la cara de blanco. Por eso Ikoneti le había pedido a Lengwesi que recogiera plumas de avestruz, para el tocado que luciría al acabar su periodo de aislamiento.


Y así fue como Lengwesi pasó su periodo de aislamiento y recuperación de la circuncisión. Ikoneti hubiera querido que saliera antes, pero Lengwesi prefirió salir al mismo tiempo que el resto de sus compañeros, a los treinta y ocho días. Aunque tenía las plumas de avestruz y el preparado de Makutule para poder salir antes, decidió quedarse con sus compañeros. El emplasto lo repartió a partes iguales entre todos; y, a pesar de que fue de los primeros en recuperarse, resolvió esperar a los que presentaban una recuperación más lenta. Se preocupaba por todos los de su grupo, y cada día cuidaba de que los heridos tuvieran una evolución adecuada. De esta forma, sin proponérselo, fue convirtiéndose en el líder natural del grupo.

Cuando llegó el día de salir del aislamiento, todos salieron contentos, con su cara pintada de blanco, con su tocado de plumas, la mayoría de ellos de avestruz, y totalmente recuperados de la ceremonia de la circuncisión.


El grupo fue recibido en el enkang con gran alegría. Un nuevo grupo de moranis se añadía a los que había en el poblado. Nuevos guerreros, jóvenes, fuertes y que sabían valerse por sí mismos entraban por la puerta de la boma, de la pequeña pared de espino que se levanta alrededor del poblado para hacer desistir a las fieras, animales o no, de atacar el poblado.

Al llegar cada uno a su choza, había un nuevo ritual que cumplir. El afeitado de cabeza; la pintura de todo el cuerpo, de cabeza a los pies, de color ocre; y el vestido de la toga roja como auténticos morani.

Pero aún les quedaba algo para que fueran respetados y se consagraran definitivamente como guerreros morani.

Aquello que aún falta por cumplir, tanto para Lengwesi como para el resto de sus compañeros, lo descubriremos en la próxima entrega de LA CULTURA DE LOS PUEBLOS.

Hasta entonces, queridos amigos, tengan un buen día. Nos vemos en la red.


Foto cortesía de Elena Cerezo